Gatsby se echó la colchoneta al hombro, dirigiéndose a la piscina. Se paró una vez para cambiarla de posición; el chófer le preguntó si quería que le ayudara, y él movió la cabeza, desapareciendo entre los árboles. No llegó ningún mensaje telefónico, pero el mayordomo no se durmió y esperó hasta las cuatro, mucho rato después de que ya no hubiera nadie a quien entregarlo, si llegaba. Tengo la impresión de que el propio Gatsby nunca creyó que llegase; quizá no le importaba. Si esto era cierto, debía pensar que había perdido su cálido y viejo universo. Había pagado muy alto precio por haber vivido demasiado tiempo con un solo sueño. Debió contemplar un cielo desconocido entre amedrentadoras horas, y debió estremecerse al darse cuenta de lo grotescas que es una rosa, y de cuán cruda era la luz del sol sobrela hierba recién nacida. Un nuevo universo material, sin llegar a ser real, donde los pobres fantasmas respiraban sueños, flotaba fortuitamente en torno suyo, como aquella cenicienta y fantástica figura que, entre los amorfos árboles, se deslizaba a su encuentro.
El Gran Gatsby
Francis Scott Fitzgerald.
No hay comentarios:
Publicar un comentario